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Discurso de la Excelentísima Señora Michaëlle Jean
en ocasión del almuerzo oficial ofrecido por el
Excelentísimo Señor Leonel Fernández,
Presidente de la República Dominicana
Santo Domingo, Miercoles 10 de marzo de 2010
Agradezco profundamente que me hayan recibido hoy para destacar mi paso por esta isla que comparten la República Dominicana y Haití, esta isla que es además mi tierra natal.
La poetisa quebequense Hélène Dorion, en un libro de reciente publicación que lleva el hermoso título de “En los brazos del viento”, decía que había encontrado “en la isla la imagen misma de lo que somos, seres de vínculos: en ocasiones seres vinculantes, a ratos seres vinculados, siempre seres vinculables”.
Pues bien, las horas aciagas que vive el pueblo haitiano desde el 12 de enero pasado representan una ocasión ineludible para dar un paso al frente y dar rienda suelta al espíritu de solidaridad insular que vive en cada una y cada uno de nosotros.
Bien sabemos que la historia que nos une a todas y todos a esta isla está plagada de los estigmas de la opresión, la exclusión, la incomprensión.
Y yo sé que es así porque, al igual que los cerca de cien mil trabajadores haitianos y sus familias esparcidos en los “bateyes”, yo soy de origen haitiano.
Ha llegado la hora, queridos amigos, de cambiar el curso de la historia y de probar que esta isla que tanto amamos encuentra su mayor fortaleza en la cooperación.
Esta catástrofe sin precedentes que ha golpeado a Haití nos obliga a ser solidarios y a construir juntos el sendero hacia un futuro luminoso sobre este, nuestro suelo.
A aspirar juntos por una mayor justicia y dignidad.
A que el dolor de unos no caiga en el saco roto de la indiferencia de otros.
Que las fuerzas de unos se sumen a las fuerzas de otros.
Y se observan ya varias señales que nos permiten abrigar esperanzas.
Me produjo gran regocijo la rapidez con que la República Dominicana manifestó su apoyo a su país vecino, Haití, el país más pobre de las Américas.
Usted, Señor Presidente, ha hecho de su colaboración con Haití un “punto de honor”, una colaboración cimentada en la solidaridad, y esas palabras suyas son una señal poderosa de esperanza.
Esas palabras nos hablan de apertura, esas palabras nos hacen soñar con una nueva ética basada en el compartir, que tanta falta hace al mundo en estos momentos en que esa mentalidad del “sálvese quien pueda” nos impide concentrarnos colectivamente en lo que nos une.
Hace apenas unas horas me encontraba en Haití, donde fui testigo de la eficacia de la participación del Canadá en los esfuerzos de reconstrucción.
Es que, al igual que sus compatriotas, Señor Presidente, las mujeres y los hombres canadienses no han sido indiferentes a la angustia de los niños, mujeres y hombres de Haití y han intentado por todos los medios posibles de extender sobre el país un manto de solidaridad ejemplar, al cual el mundo entero ha sumado sus propios esfuerzos para evitar que el país zozobre.
Y permítame que hable de “nuestra isla”, porque en esta tierra tengo raíces profundas.
Me conmovió mucho ver la vitalidad y la determinación con que el pueblo haitiano ha sabido levantarse nuevamente sobre los escombros, reponerse de sus penas y sus pérdidas y entregarse a la tarea de reconstruir su ciudad capital y un sinnúmero de lugares devastados.
El 8 de marzo, fecha en que se celebra el Día Internacional de la Mujer, me reuní con mujeres haitianas de todos los ámbitos de la vida política, civil y comunitaria, empeñadas en sembrar las semillas de la vida entre los escombros.
En Puerto Príncipe, en Léogâne, en Jacmel, conocí hombres y mujeres, de toda procedencia y todas las edades, que trabajan sin descanso ni respiro con los organismos de ayuda para atender las necesidades más apremiantes y echar las bases de la reconstrucción.
El alcance de esos vínculos de fraternidad que nos unen debe ser proporcional a la magnitud del desastre.
Y este día, en este momento, Señor Presidente, deseo de todo corazón que podamos hacer pleno uso de nuestra capacidad para fortalecer nuestros vínculos, en nombre de la solidaridad insular y en pro de un futuro mejor para la humanidad.
Es nuestra obligación creer que podemos hacerlo y nuestra responsabilidad hacer todo lo que esté a nuestro alcance para lograrlo.
Le expreso nuevamente mi agradecimiento, y le ruego que transmita a sus compatriotas mi más sincero deseo de felicidad para todos.
