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Discurso con motivo de un seminario juvenil sobre diversidad
Ciudad de México, martes 8 de diciembre de 2009
Como Gobernadora General y Comandante en Jefe de Canadá, es para mí un honor y un placer unirme a ustedes esta mañana para dialogar sobre la diversidad en una era de globalización.
Sinceramente espero que, al final del día, todos hayamos aprendido a valorar más esa conexión tan especial que por tanto tiempo ha mantenido unidos, a México y Canadá.
Porque éste es un año especial.
Es el año cuando celebramos sesenta y cinco años de relaciones diplomáticas entre México y Canadá, relaciones que se han cristalizado en un sólido lazo de solidaridad que nos hace socios fuertes y aliados clave.
Pero más allá de todas las reuniones bilaterales que se han realizado entre nuestros dos gobiernos, lo que realmente ha ayudado a instigar el encanto que Canadá tiene con México, son la amistad y la colaboración únicas e incomparables que han florecido entre los pueblos de nuestras dos grandes naciones.
El apoyo de los canadienses a las cooperativas agrícolas mexicanas.
Las iniciativas canadienses de extensión con varias organizaciones indígenas y a favor de los derechos de la mujer en este país.
Proyectos conjuntos de artistas, museos y otras instituciones culturales mexicanas y canadienses.
Ricos intercambios entre universidades y estudiantes canadienses y mexicanos.
El cariño incomparable que tienen los turistas canadienses por México.
Todo esto nos recuerda que es el diálogo entre las civilizaciones, las culturas y los pueblos—o sea lo que llamo "diplomacia a nivel humano"—la clave para derribar las barreras de la incomprensión, la indiferencia y el antagonismo que todavía mantienen a tantas partes del mundo separadas.
Queridos amigos, vivimos en una era de desafíos globales sin precedentes que requieren niveles de cooperación internacional nunca vistos.
Ahora es el momento de crear formas nuevas y más humanas de convivencia.
Estoy convencida de que las experiencias de países como México y Canadá pueden ayudar a iluminar el camino que conduce al sueño, que compartimos, de una armonía mundial.
Basta con la experiencia canadiense.
Al igual que México, el Canadá precolonial reunía a cientos de naciones indígenas que crearon complejas sociedades multiculturales y multilingües.
Ellas son nuestra primera diversidad—nuestras raíces más profundas.
Al igual que en México, las civilizaciones de las primeras naciones, como las llamamos en Canadá, fueron trastornadas por la llegada de los aventureros europeos que venían en busca de nuevas oportunidades de comercio con Asia Oriental y Meridional.
Al igual que en el Norte y en el Sur de las Américas, en Canadá se practicó el comercio de esclavos, que trajo a la fuerza una innumerable cantidad de africanos a nuestra tierra.
Con la extensión del territorio canadiense hacia la costa del Pacífico en el Oeste y hacia el Ártico al Norte, también comenzamos a recibir inmigrantes de todo el mundo.
Como en el resto de las Américas, Canadá fue, desde su inicio, una tierra de mestizaje y diversidad, atributos que, hoy, se encuentran entre nuestras mayores virtudes.
Un reto importante que enfrentamos, sin embargo, es la definición y el fortalecimiento de la cohesión social entre los distintos componentes de nuestra sociedad.
A medida que nuestras instituciones públicas se fueron democratizando, los sucesivos gobiernos fueron introduciendo medidas específicas para erradicar las estructuras de desigualdad.
Al tratar de promover los valores de inclusión y justicia social, también quisimos dar vuelta a la página de algunos de los capítulos más oscuros de nuestra historia.
Pero no podemos seguir ignorando esos períodos de la historia canadiense en los que muchos grupos culturales y lingüísticos, incluidos los pueblos indígenas, fueron objeto de unas de las formas más brutales de discriminación.
Uno de los momentos más tristes ocurrió cuando miles de niños indígenas fueron arrancados de sus padres y colocados en las que se conocieron como Escuelas Aborígenes de Internado.
Éstos eran internados aislados, destinados a despojar a los niños aborígenes de su cultura, a desposeerlos de sus lenguas ancestrales y de su sabiduría autóctona, y a fracturar el vínculo vital entre las generaciones.
Esto no sólo afectó a los pueblos indígenas, sino que también desposeyó al pueblo no indígena, ya que la sociedad canadiense en su conjunto también sufrió.
Nos vimos desposeídos de una parte importante de nuestra cultura y de nuestra identidad canadiense.
Queridos amigos, nos vimos despojados de una piedra angular de nuestro patrimonio común, que hoy estamos luchando por conservar.
El año pasado, el Gobierno de Canadá ofreció oficialmentesus disculpas por todos los males cometidos en las Escuelas Aborígenes de Internado.
En el Parlamento, el Primer Ministro de Canadá y parlamentarios de todos los partidos políticos se unieron a los líderes de las Primeras Naciones, los Inuits y los Métis, para dar testimonio de esta ocasión histórica, delante de toda la nación.
La palabras de disculpa abrieron las puertas a un proceso formal de reconciliación nacional que ahora está a cargo de la recientemente creada Comisión para la Verdad y la Reconciliación [Truth and Reconciliation Commission].
Este renovado interés en la reconciliación nacional nos está desafiando a confrontar, juntos, los episodios más sombríos de nuestra historia.
Nos está invitando a mirar más allá de nuestras diferencias y a aceptar un nuevo pacto de solidaridad.
Debo decir que me da mucha alegría ver que la juventud ya está tomando la iniciativa en este espíritu.
Porque donde quiera que he ido a cumplir las funciones de Jefe de Estado—a través de Canadá, África, Europa, América Latina y Afganistán—me ha admirado la manera como los jóvenes llevan a sus comunidades hacia adelante en el camino hacia una mayor solidaridad.
Éstos jóvenes no se ocupan de las divisiones y los rencores del pasado.
Ellos miran hacia adelante, y sus logros asombrosos dan fe de los métodos audaces que aplican para suscitar un cambio social.
Para darles un ejemplo: dos años atrá, organicé un Foro de Artes Urbanas en Canadá, en la Galería Graffiti de Winnipeg, en un barrio predominantemente indígena llamado North Point Douglas.
Estos foros reunieron bajo un mismo techo a jóvenes desprivilegiados, ministros del gobierno, personalidades del mundo de los negocios y funcionarios de la seguridad pública, para tratar los problemas que afrontan los barrios y las comunidades de bajos ingresos.
Entre los testimonios convincentes que se ofrecieron a la juventud de Winnipeg, dos muchachas jóvenes hicieron un pedido fervoroso a la audiencia.
Estas niñas de diez y once años explicaron cómo las bandas criminales habían tomado su barrio de rehén, y suplicaron a su comunidad para que se uniera en la lucha contra el delito.
El valor y la elocuencia de estas niñas inspiraron a todo el barrio, a recuperar a North Point Douglas de las manos de las pandillas.
Y apenas seis meses más tarde, la comunidad comenzó a cosechar los frutos de su trabajo.
Según relata la comunidad, el delito disminuyó 70%.
Pienso que esta historia es un ejemplo vivo del poder de los ciudadanos y las ciudadanas, particularmente de la juventud, de trabajar conjuntamente por el bien común.
Y a través de las Américas se están multiplicando iniciativas comunitarias de cambio social, similares.
Sin ir más lejos, ahí tenemos la iniciativa “Enciende las Américas”, que el año pasado vio a docenas de artistas urbanos jóvenes de todos los Estados Miembros de la Organización de los Estados Americanos y de Cuba convergir en Toronto, Canadá.
Idearon una estrategia impresionante para ubicar las iniciativas artísticas de la juventud local en el centro de la realidad más amplia del hemisferio para una mayor prosperidad, paz y democracia.
Estos artistas jóvenes afirman, al igual que yo, que las artes y la cultura son indispensables para que nuestros esfuerzos norte americanos y panamericanos logren amplificar la seguridad, el crecimiento económico, la buena gestión gubernamental en toda nuestra región.
Y ellos creen, al igual que yo, que los jóvenes de las Américas, de todos los orígenes sociales y culturales, tienen una función clave que desempeñar.
Y es en ese sentido que me gustaría escucharlos hoy.
Me gustaría saber cómo están abordando las dificultades que enfrentan en la Ciudad de México y en todo el país.
Me acompaña una delegación de canadienses, representantes de la sociedad civil, que aportarán nuestra perspectiva septentrional a la charla de hoy.
A medida que compartamos nuestras ideas y nuestros puntos de vista, comenzarán a surgir promesas para el futuro, para nosotros y para toda humanidad.
Aguardo con sumo interés sus intervenciones para escuchar lo que van a decir.
Hagamos que este momento que compartimos sea muy especial.
Gracias.
