VERSION ESPAGNOLE - Discours devant l’Assemblée législative du Costa Rica

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Discurso ante el Congreso de Costa Rica

San José, lunes 14 de diciembre de 2009

Les agradezco profundamente el honor que me conceden invitándome a tomar la palabra ante los miembros de esta Asamblea.

En el mapa de las Américas, y más concretamente en América Central, Costa Rica representa una de las experiencias más ricas y audaces.

Una experiencia que constituye un reto y que consiste, en una región fuertemente militarizada, en apostar por la paz y hacer de esa marcha hacia la paz un proceso que no podría entenderse aislado de la democratización y la protección del medio ambiente.

Fue precisamente el Presidente Oscar Arias Sánchez quien, en su discurso de aceptación del Premio Nóbel de la Paz en 1987, afirmó que la paz «es un proceso que nunca termina».

La paz, señaló entonces, «es una actitud, una forma de vida, una manera de solucionar problemas y de resolver conflictos».

Esta convicción del Presidente Arias es también nuestra convicción, a la cual se suma  nuestra voluntad común de mejorar la seguridad, aumentar la prosperidad y promover los valores democráticos a escala hemisférica.

Este compromiso con las Américas es, de hecho, una de las piedras angulares de la política exterior de Canadá.

Y nos alegramos de poder contar con un socio como Costa Rica para trabajar sin descanso a fin de lograr esos objetivos, con la esperanza de alcanzar un desarrollo con rostro humano, un desarrollo estable y pacífico en este continente que compartimos de norte a sur.

Además, el trabajo efectuado por Costa Rica y Canadá en el escenario internacional converge a menudo, y saludamos la determinación con la que Costa Rica defiende, en los foros internacionales, los derechos humanos, así como la búsqueda de la paz, la seguridad y la justicia.

En ese sentido, Costa Rica es para toda la humanidad una fuente de inspiración en los tiempos que corren, en los cuales debemos mantenernos constantemente vigilantes ante cualquier posible conflicto y poner cóto a la barbárie.

Deseo poner de relieve, por otra parte, nuestra colaboración bilateral, así como en el seno de la Organización de los Estados Americanos, para encontrar una solución pacífica y viable a la crisis que asola Honduras.

A esta convergencia de pareceres que nos convierte en socios de primer orden, se añade una relación comercial prometedora con el Tratado de Libre Comercio entre Canadá y Costa Rica, en vigor desde noviembre de 2002.

Por otra parte, Costa Rica no deja de conquistar el corazón de los canadienses, ya que son más de 10.000 de mis compatriotas que residen en este país y unos 100.000 los que lo visitan cada año. Y me enorgullece poder decirlo aquí ante esta augusta asamblea.

Así pues, existe entre nosotros una solidaridad patente y una fraternidad manifiesta.

Es, a mi parecer, ese mismo espíritu con el que debemos continuar trabajando para definir un frente común ante otros  desafíos planetarios, como por ejemplo, el deterioro de nuestros ecosistemas.

En ese ámbito, el compromiso de Costa Rica es digno de admiración. También nosotros creemos en la necesidad de establecer un nuevo orden mundial que favorezca la transferencia de información y tecnologías a fin de responder de forma colectiva al reto del cambio climático, tal como recordaba justamente el Presidente Arias Sánchez ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el pasado mes de septiembre.

Esta preocupación por el medio ambiente no debe sorprendernos, pero no por ello es menos admirable. Hablamos de un país que alberga cerca del 5 por 100 de la biodiversidad mundial, en el que los parques nacionales y reservas ecológicas ocupan más del 25 por 100 de su territorio y que ha emprendido con éxito esfuerzos para detener la deforestación.

Pero si debemos proteger el  territorio de nuestras Américas y los abundantes recursos de toda índole que en él se encuentran, debemos también reconocer y proteger la diversidad de las culturas de nuestro continente.

Conviene recordar una vez más que la historia de este continente no comenzó con la llegada de Cristóbal Colón. 

Por el contrario, los pueblos indígenas son los depositarios de grandes civilizaciones que enriquecieron el patrimonio de la humanidad y que, de darles los medios necesarios, lo harán aún más rico.

Estos pueblos aborígenes son, de hecho, nuestras raíces más profundas en este continente. 

En nuestra obligación de mantener viva la memoria, debemos también recordar que las Américas se construyeron sobre el sudor y la sangre de nuestros antepasados arrancados de África.

Esta es la historia que compartimos en las Américas, es la historia que nos hace quienes somos, es el crisol de distintas culturas que corre por mis venas, es la fusión vital y vibrante que he constatado con mis propios ojos durante mi visita ayer a Puerto Limón, donde me sentí en mi casa.

Ha llegado la hora, queridos amigos, de romper las soledades que aún persisten entre nosotros y, como lo dijera ante el Consejo Ejecutivo de la Unesco en París, de convocar a las fuerzas vivas de nuestras sociedades con miras a establecer un nuevo pacto de solidaridad y propagar las promesas que este encierra.

Nuestra voluntad común de convertir a las Américas en un espacio de paz, seguridad y solidaridad, abierto a todas las posibilidades, pasa por establecer una ética que abrace la experiencia humana en toda su amplitud.

Bajo esta condición, y solamente bajo esta condición, sembraremos hoy la promesa de un futuro mejor para todos y todas sin distingos de ningún tipo.

Un futuro luminoso que, para retomar la bella expresión del poeta costarricense Laureano Albán, «cubre con luz nueva la luz antigua».

Les agradezco la  oportunidad que tan gentilmente me han brindado para dirigirles unas palabras, y les transmito mis mejores deseos de felicidad y prosperidad.

¡Viva la amistad entre Canadá y Costa Rica!